Archivo de la categoría: Cuentos y relatos

un amor casi imposible

Imagen S. Hermann y F. Richter de Pixabay

Un “no” otra vez, y luego el silencio. El silencio que corta el hilo de voz, y lastima al corazón cuando las emociones se van al fondo de la nada, y el alma aprisionada lo llena de burbujas vacías; de allí emerge el dolor como un reflejo de preguntas sin respuestas, o la necesidad de al menos una mentira piadosa que oxigene la esperanza.

El hombre no se precipita y pone nuevamente su mano en el corazón, respira profundo y busca nuevamente en aquel rostro de ojos grandes, y llenos de incertidumbre, las señales del amor. El entiende que muchos “no” y el frío de un adiós, esconden el fuego ardiente y crepitante que atesora en su alma. El desea amarla de verdad, así que no teme arriesgar todo. Jugarse a Rosalinda donde otros solo han ofrecido viejos trucos de juegos de amor.

Se ha ido el silencio, pero no hay campanitas de buen augurio, solo mariposas en la barriga que revolotean con más fuerza a cada paso que da. El hombre camina hacia ella sin el temor al fracaso. Solo sabe que la quiere amar de verdad.

Porque sin su amor, él, solo es un fantasma con sus noches de soledad.

Profecía de san malaquías

Imagen de Peter H de Pixabay

El día que Petrus Romanus ascendió al poder de la iglesia católica, lo hizo como su regente, como un hombre de fe al servicio de la casa de Dios; negó ser la figura de un hombre ostentando el poder sobre otros hombres; como lo habían sido otros Papas mundanos como Alejandro VI—los Borgias—, Esteban VI—enjuicio el cadáver del Papa Formoso—, Urbano VI, Benedicto IX. Todos ellos con un proceder muy ajeno al deber ser del Vicario de Cristo. Él sabía que la iglesia no engañaba al hombre; es el hombre quien engañaba a la iglesia y a su feligresía.

Años después. No muy lejos de Roma, un hombre común después de batallar toda su existencia entre las tribulaciones y banalidades del mundo, al fin murió, murió solo; como siempre estuvo en este mundo, pero aferrado a su fe en Dios. Ese mismo día el cielo se ilumino con su espíritu, y Dios se regodeo con el alma de los hombres de buena voluntad.

Pero aquí abajo, en la tierra, en una plaza de la bucólica Madrid, el Ángel caído miraba hacia arriba con envidia, y resentimiento; y más abajo de sus pies mucha gente incrédula hacían circulo a su alrededor y se mofaban de la vida de Cristo, se reían del fin del mundo y de las profecías. Más que nunca la perversidad contra Cristo era intolerable, ahora era un virus en las redes sociales más letal que el Centurión de Tarraco y su guardia pretoriana del prefecto Poncio Pilato. Estos perseguidores en su mundanidad no sabían que después de la muerte de Cristo el Centurión se había convertido al cristianismo; y mucho menos iban a saber que debajo de sus pies se estaba desvaneciendo los viejos arquetipos de un imperio religioso.

No muy lejos de allí, sobre una colina. El Obispo de Roma, rodeado de su rebaño, recibía la luz que a ellos los bendecía y en los otros destruía la perversidad del hombre contra el hombre. Junto a los hombres y mujeres de buena voluntad, rezó por la fe en Jesucristo y por la paz de la humanidad.

—Cada hombre debe de luchar por su fe, porque este es un asunto personal. Cada hombre es una piedra de la iglesia cristiana. Hoy el hombre de fe debe sanar la iglesia, porque ella, en el hombre de buena voluntad se convierte en polvo; y el hombre hecho polvo renacerá en la piedra con la que se edificara la verdadera iglesia cristiana. La iglesia guiada por el Espíritu Santo y no por el hombre y su ansiedad mundana. Ahora y por los siglos de los siglos, no habrá más tergiversación de la palabra de Jesucristo.

Y los fieles dijeron:

—Amen.

el ultimo otoño

Imagen de Myriam Zilles de Pixabay

Ayer lo vi. Lo vi cuando cruzó frente a mi casa. Se veía muy viejo, cansado; pero aún guardaba la algarabía de sus años mozos; aún tenía aquella pícara sonrisa que mostraba el relucir de su diente de oro. La noticia cundió el poblado como las hojarascas al viento cunden los caminos en verano, y todo porque su familia no lo quería ver, ni recibir. Esta era la recompensa que le tenían guardada por haberlos abandonado, por irse a vivir otra vida.

A los días su primogénita tuvo que venir de la ciudad a poner orden.

—¿Qué es eso? ¿Somos una familia?, de quien creen ustedes que hablan, de él o de nosotros. Yo sé que son habladurías, pero al menos consíganle ropa, y denle de comer. —Golpeó la mesa con hincapié para contrarrestar el desaire en la mirada de su madre—. Ahora iré a darle las gracias a mi padrino Andrés que al menos lo ha recibido.

Durante esa semana se convirtió en la noticia principal del pequeño poblado. Se le veía detenerse y hablar por largas horas con aquellos parroquianos de su juventud. Pero su compadre Andrés era el favorito, sentado junto a él, en aquellos inmensos sillones acomodados al frente de su casona, recordaba sus aventurillas. Aunque su voz estaba debilitada como su temperamento, se notaba que aún conservaba la labia que le había deparado tantos éxitos en su juventud. Por largo rato habló de negocios y entuertos, hechos en otros pueblos, unos buenos y otros malos; pero su risa siempre estaba ahí. Hasta que Andrés le tocó la tecla que le hizo apretujarse al sillón.

—Compadre te fuiste y nunca viniste a regresarme el dinero que te preste.

Se notó cuando el viejo sintió la estocada en el alma. Sacar aquella deuda olvidada en algún rincón de su memoria no era cosa de amigos. Hizo un esfuerzo enorme para enderezarse en el sillón, y luego quiso congraciarse con una vieja chanza.

—Compadre usted siempre tan vainoso. ¿Qué es un pelo pá un gato?

Pero su compadre Andrés aprovecho su jocosidad para coger la ocasión por los pelos, y un tanto molesto, le dijo:

—Compadre. Un pelo, es un pelo, y más si el pelo es de un gran gato.

Aquel rostro sin palabras con la mirada enterrada en el suelo, predecía un monologo interno. «Que decirle» —quizás pensó el viejo—. Como decirle que sus bolsillos estaban tan vacíos como su alma.

─¿Porque regresaste después de tantos años? ─le dijo, interrumpiendo sus pensamientos, como si estuviera enjuiciando aquella vieja amistad.

El  no respondió; nuevamente enmudeció. Tantas cosas desterradas de su memoria que ahora le faltaba tiempo para encontrarlas y tiempo era lo que no tenía. Hizo un gran esfuerzo para levantarse del viejo sillón y cabizbajo, sin ni siquiera despedirse,  se fue de aquella gran casona que una vez sintió ser parte de ella.

Desde el corredor de mi casa lo note pasar. Pasó como pasan los andariegos; a pasos lentos y mirada perdida. Y me pregunté:

─¿Quién hace al hombre?, será el destino, los malabares de la suerte, o las decisiones que debe tomar.

Hoy lo vi de nuevo. yo iba y el venia del cementerio. El sol estaba a medio cielo y el camino solitario parecía una culebra del desierto tostada por el fuego de la arena. Se oía quejumbroso. Cada paso era una migaja del camino a recorrer y el trecho era largo. Lo vi detenerse y enjugarse el sudor con un viejo y amarillento pañuelo, luego encorvó la espalda como cuando se lleva una carga pesada y retomó la marcha. Alguien pasó y lo saludó, y él se quedó embutido en su sombra. No había pícaras sonrisas, solo susurros a su sombra. Sus pisadas caían sin fuerza; se desplomaban suavemente como las hojas en el otoño. Su rostro sin horizonte, y el semblante triste, auguraban lúgubres días por venir.

El niño jesús, si existe mamá

Imagen de Alexas fotos de Pixabay

Dos niños jugaban en la callejuela de su pueblo, en la víspera de la navidad.

—¿Que le pediste tú al Niño Jesús? —preguntó Félix, un carajito de escasos 8 años.

El otro muchacho, mas grandecito, ya cumplidos los doce, se le acercó cautelosamente, y miró en derredor por si acaso había algún adulto. Luego desde muy cerca, le confió:

—No seas tonto. el niño Jesús no existe. Te lo digo yo, que ya se cosas, son nuestros padres quienes nos compran los regalos.

Félix frunció el entrecejo y estiró el labio inferior, mientras el superior se apretaba a sus pequeños dientes; estaba a punto de hacer puchero. Las lagrimas se asomaron a sus ojos. Francisco como se llamaba el otro chico, contento con su diablura, notó la tristeza del pequeño y se regocijo de su travesura:

—Ya sabes—le dijo un poco asustadizo—. No se lo digas a nadie.

Al día siguiente, cuando el pequeño sintió la luz del amanecer sobre sus parpados, de inmediato abrió los ojos y saltó de la cama. Como un celaje busco por todo el cuarto sin encontrar el ansiado regalo que le había pedido al Niño Jesús. Al no encontrar nada, salio corriendo hasta la cocina donde sabia que siempre encontraría a su mamá preparando el desayuno.

—¡Mamá! No me trajo mi regalo, el Niño Jesús no me trajo nada —le dijo entristecido, con las lagrimas rodando a cantaros por sus mejillas.
—¿Pero ya buscaste bien?
—No encontré nada, no encontré nada —dijo con una tristeza que le arrugó el corazón a su madre.

En su cabezita se le repetía sin cesar la frase de su amigo: «El Niño Jesús no existe, el Niño Jesús son tus padres».

—¿Buscaste en el arbolito? a lo mejor andaba rápido y lo dejo ahí, en el arbolito.
—No, él siempre me lo deja debajo de mi cama, en mi cuarto, y ahí no hay nada.
—Pero busca en el arbolito.

Y el pequeño Felix marchó hacia el arbolito, iba confundido, asustado con la idea de no encontrar su regalo, de que su amigo tenia razón.

Al rato llegó corriendo a la cocina, con una alegría que que no cabía en su pequeño corazón.

—¡Mama!¡mama! Si existe, el Niño Jesús si existe. —le dijo con aquella expresión de felicidad que irradiaba toda la cocina.

—¡Claro que si existe! le dijo ella.
—¡Claro mama! —y luego dijo bajando la voz—. Francisquito si es loco, diciendo que eran ustedes. Pero como van a ser ustedes, como ustedes me iban a comprar una bicicleta que es están carísima, si nosotros somos muy pobres.

La mama se sonrió y pensó en la edad de la inocencia, luego retomó su labor de preparar el desayuno; y el pequeño Félix agarró su bicicleta y se marcho raudo y feliz a la callejuela, donde lo esperaban sus amiguitos.

un buen DÍA de navidad

Imagen de jeff Jacobs de Pixabay

La música navideña alegraba el ambiente. La barra estaba llena de gente feliz. En ese momento alguien propuso un brindis. Yo me acerque al barman y le solicite una bebida espumosa. Muy ajeno a lo que allí sucedía, por visitar por primera vez aquel lugar, comencé a libar el refrescante líquido mientras observaba a la gente manifestar su alegría, unos más eufóricos que otros, pero todos alegres. A mi derecha un grupo de jóvenes competían por tomarse el trago más largo, eran estridentes, muy protagonistas; a mi izquierda dos hombres sostenían un dialogo fraterno, sus palabras, sus gestos y por lo que conversaban pude intuir que eran amigos, hermanos de la infancia. Me tomé dos sorbos de mi espumosa bebida, y preste  atención a sus palabras; con honestidad hablaban de sus vivencias, del mundo y de la familia. Aquel dialogo despertó mi interés, y sutilmente deje que sus discursos acapararan  totalmente mi atención.

—Pero Juan, pasa el tiempo y envejecemos, y allí empiezan los temores —dijo el que estaba cerca de mí—.  Estamos en la línea donde no somos jóvenes, ni viejos. Ojala no nos agarre el síndrome de los cuarenta.

—Jajaja. —Sonrió el otro—. Que ocurrencias las tuyas, no creo que esa crisis toque mi sicología.

—Amigo eso uno nunca lo sabe. Nadie sabe cómo va a terminar todo en este mundo que cada vez está más loco. ¡Ese es mi temor, a que ese virus emocional me contagie!, y tú. ¿Has  sentido miedo de algo, a que le temes? —Le interrogó mi vecino al tanto que se saboreaba un trago.

— ¡Mira José! Te confieso que durante años rehuí ver la película, o leer el libro sobre el código da Vinci.

—¡La novela de Dan Brown!… ¿Y eso por qué?

—Tú sabes que yo no soy religioso. Nunca estoy metido en una iglesia, pero mi mamá nos enseñó a creer en dos cosas importantes en esta vida: en la navidad y en Cristo. Te juro que esta persecución contra Cristo, que no es cosa nueva, pero ahora es más escrupulosa, me hizo sentir miedo de perder la fe. Aquellos fueron días de desasosiego, con que moral reflexionar sobre la vida del Maestro, basándonos en un texto meramente comercial. Ahh, dime tú.

—Claro, claro —dijo el otro.

—Si mi amigo, tenía miedo de que la religión nos mintiera sobre Jesús, para proteger sus intereses.

Lo vi tomarse un trago, respirar y luego continuar.

—Luego vi la película, y te puedo decir que el código da Vinci, es una gran novela que abrió las puertas para mostrarnos al Jesucristo hombre. No sé, pero para mí, el Santo Grial que propone la novela es una gran utopía. O puede que quizás, no lo sea. ¡Pero te digo algo amigo mío!, el temor se marchó, se disipo, se fue ese día. ¡Ahora aquí, en este lugar te digo!, que aquí en mi corazón lo sigo queriendo igual. Ahora sé que la fe que sembró mi madre es para siempre. Él es la navidad y su mensaje de amor al prójimo es eterno. ¡Yo amo al Jesús niño y ahora admiro al Jesucristo hombre!

Y yo estaba ahí escuchando aquel hombre hablando de fe y amor con pasión y efusión. Observe al otro joven y note que las palabras de su amigo lo habían puesto a reflexionar. Pidieron otra ronda más de cervezas a la cual me invitaron, luego yo invite otra más y después de tomárnosla y pagar la cuenta, se despidieron con un abrazo fraterno. Al igual que ellos también salí del bodegón y me dispuse a llegar a mi casa. A lo lejos los vi cruzar la calle con sus manos ataviadas de regalos para sus chiquillos, también llevaban vino y champaña para celebrar con sus familiares.

Pensé. “Tal vez, más nunca los vuelva a ver”.  Y me regocije de que Dios está en todas partes, y que su mensaje recorre las calles del mundo, para todo aquel que quiera oírlo. Yo esbocé una sonrisa de satisfacción, y me quede en la acera esperando el transporte y a la vez  reflexionando como había cambiado el mundo al principio del nuevo milenio. Un presidente negro en el Imperio Norteamericano, el Imperio Español recogiendo sus cenizas y luchando para cambiar su sistema de gobierno, la Iglesia Católica pidiendo perdón por los pecados cometidos al prójimo, el sueño de Simón Bolívar retozando entre la pobreza y las alegrías de la América del Sur. Ahora no se hablaba de la doble hélice; si no del mapa del genoma humano. También descubrí que existía un mundo virtual, un mundo irreal, que generaba más producto interno que muchos países reales. Podía ver con claridad que el mundo estaba cambiando, pero el cambio que me inquietaba, y que más temía había llegado a su fin.

Ahora podían escribir sobre la última tentación de Cristo, sobre la primera tentación de Cristo; pero nadie podía quitarle a Jesús la fidelidad de la entrega de su vida por la salvación del prójimo. Él había vencido el mal, ahora nos daba la esperanza de vencer el mal en un mundo más complejo, donde lo irreal y la real estaban en juego; y todo iba a depender de nuestra fe.

Un regalo de navidad

Imagen de Monicore de Pixabay

Veinticuatro de diciembre en la tarde. Un hombre joven transita presuroso una vereda solitaria, y entre sus manos carga un hermoso ramo de flores. Rosas; rojas, blancas y rosadas. Rosa, como el nombre de ella. De la mujer que lo trajo al mundo. Una cuadra más adelante se detuvo ante un inmenso portón. De imprevisto una voz quebrada por el tiempo, rompió el silencio de la estancia, cortándole la marcha.

—¿A dónde vas?
—A llevarle su regalo de Navidad.
—Uhmmm. Ya es tarde, pero esta bien, vaya —dijo un poco rezongón—. Acuérdese de cerrar bien el portón al salir.

El hombre indicó que había entendido, moviendo la cabeza en forma afirmativa. Luego se llevó las flores al rostro, exhalando su fragancia, y continúo su recorrido. A lo lejos se escucharon seis campanadas que provenían del viejo reloj de la iglesia; y cerca, muy cerca el crujir de unas oxidadas bisagras. El portón entreabierto aún, dejó ver las manos huesudas del celador del cementerio, cuando este se marchaba.